Marcos Galindo Rodríguez La llegada del 14 de febrero suele pintarse de corazones rojos, de promesas eternas y de fotos donde todo parece idílico, estable, permanente, y colmado de cariño. Pero pocas veces somos conscientes de la otra cara: el momento en que el amor cambia, se agota o simplemente deja de estar... y eso también es profundamente humano. Desenamorarse no es un acto de maldad ni se trata de una traición automática, muchas veces es un proceso silencioso, gradual, que no siempre coincide con una discusión dramática o con un evento extraordinario. A veces el amor no se rompe: se transforma, se desgasta o se desplaza; reconocerlo implica atravesar un camino doloroso. Perder una relación —o perder el sentimiento que la sostenía— activa mecanismos muy similares a los de un duelo: negación (“esto es sólo una etapa”), negociación (“si intento más, volveremos a ser felices”), tristeza profunda, e incluso culpa. Lo complejo del desamor es que a veces se pierde la “idea” de...
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