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Fuga de amor

 

Marcos Galindo Rodríguez

La llegada del 14 de febrero suele pintarse de corazones rojos, de promesas eternas y de fotos donde todo parece idílico, estable, permanente, y colmado de cariño. Pero pocas veces somos conscientes de la otra cara: el momento en que el amor cambia, se agota o simplemente deja de estar... y eso también es profundamente humano.

Desenamorarse no es un acto de maldad ni se trata de una traición automática, muchas veces es un proceso silencioso, gradual, que no siempre coincide con una discusión dramática o con un evento extraordinario. A veces el amor no se rompe: se transforma, se desgasta o se desplaza; reconocerlo implica atravesar un camino doloroso. Perder una relación —o perder el sentimiento que la sostenía— activa mecanismos muy similares a los de un duelo: negación (“esto es sólo una etapa”), negociación (“si intento más, volveremos a ser felices”), tristeza profunda, e incluso culpa.

Lo complejo del desamor es que a veces se pierde la “idea” de lo que la relación era o prometía ser. Se pierde el proyecto compartido. Se pierde la versión de nosotros mismos que existía dentro de ese vínculo y, eso, duele. También es cierto que el amor romántico moderno está cargado de expectativas: estabilidad emocional, realización personal, éxito social y sentido de pertenencia. La pareja no sólo es afecto; es estatus, identidad y narrativa pública. Por eso, cuando el amor se va, no sólo se tambalea el vínculo: SE TAMBALEA LA HISTORIA QUE CONTÁBAMOS SOBRE NOSOTROS.


Desde pequeños escuchamos frases como “el amor todo lo puede”, “si amas de verdad, luchas”, “nadie es perfecto”. Y aunque contienen algo de verdad, también pueden convertirse en trampas morales. Cuando alguien empieza a desenamorarse, suele aparecer un auto-cuestionamiento brutal:

“¿Y si soy demasiado exigente?”

“¿Y si esto es sólo una crisis?”

“¿Y si estoy destruyendo algo bueno?”

“¿Y si nadie me vuelve a querer así?”

Pareciere que la cultura del “para siempre” genera culpa anticipada, pues se nos ha enseñado que dejar de amar es un fracaso, cuando en realidad es que es una experiencia humana posible. No todo vínculo está destinado a durar indefinidamente, y no toda ruptura es producto de violencia o traición, por el contrario, a veces simplemente ya no somos compatibles con quienes éramos juntos.

De igual forma es cierto que, en nuestra sociedad, el estigma también pesa sobre quien decide irse, porque socialmente, se suele empatizar más con quien es dejado que con quien deja. Pero quien toma la decisión también atraviesa dolor, ambivalencia y miedo. No es un villano automático. Muchas veces es alguien que ha pasado meses —o años— intentando reavivar algo que internamente ya se apagó. Quizá uno de los sentimientos más complejos del desamor es la culpa. No quieres herir. No quieres ser la causa del sufrimiento de alguien que te quiere, que te ha cuidado, que no necesariamente ha hecho algo “grave”. Y entonces aparece el auto-sacrificio: quedarse por compromiso, por lástima, por miedo a destruir al otro.

Pero aquí habría que preguntarnos: ¿es más honesto quedarse sin amor o irse con verdad?

El desenamoramiento obliga a mirarse de frente, y cuestionarse:

¿Qué cambió en mí?

¿Qué necesito ahora?

¿Qué aprendí en esta relación?

¿Qué patrones repito?

El amor es un espacio íntimo donde se juegan nuestras heridas, nuestras inseguridades y nuestras formas de apego. Salir de una relación —o reconocer que ya no amamos igual— puede ser una oportunidad para revisar nuestras propias creencias sobre el amor:

¿Confundí intensidad con compatibilidad?

¿Idealicé la estabilidad por miedo a la soledad?

¿Me quedé por presión social?

¿He aprendido a amar desde la libertad o desde la carencia?

El duelo no es solo por la otra persona. Es también por la versión de nosotros que ya no será. En un día que celebra el amor, quizá también vale la pena honrar el desamor con honestidad. No como derrota, sino como parte del ciclo humano de los vínculos. Tal vez podemos preguntarnos, con calma y sin juicio:

¿Estoy en mis relaciones presentes por convicción o por miedo?

¿Qué aprendí de mis relaciones pasadas que no quiero repetir?

¿Qué tipo de amor quiero construir en el futuro?

No se trata de idealizar la ruptura ni de romantizar el sufrimiento. Se trata de reconocer que amar implica libertad, y que la libertad incluye la posibilidad de que el sentimiento cambie. Este 14 de febrero, más que prometer eternidades automáticas, podríamos prometernos algo más realista y más valiente: estar donde haya verdad. Amar mientras haya amor. Y si el amor se transforma, tener la honestidad y la compasión suficientes —con el otro y con nosotros mismos— para aceptarlo. Porque al final, el mayor acto de cuidado no es sostener una ilusión, sino construir vínculos donde podamos ser auténticos hoy, pero también mañana.

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