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PANDEMIA EN MÉXICO: ENTRE EL EGOÍSMO Y LA NEGLIGENCIA.



Salir durante la pandemia, ¿una necesidad para la salud mental o una declaración de egoísmo social?

Ana Pomar, Margarita Romero y Marcos Galindo.

 

A finales del año 2019 el gobierno de China anunciaba la aparición de una enfermedad causada por un nuevo patógeno: el virus SAR-COV2, el cual se propagó rápidamente hacia Europa y después a nivel global. En México, durante febrero de 2020, se reportó el primer caso de COVID19, en consecuencia, el Gobierno Federal suspendió todas las actividades no esenciales. Así, se estableció una cuarentena, en la cual eventos masivos, fiestas y reuniones quedaron prohibidas en un intento por evitar conglomeraciones y la propagación del virus.  Las interacciones sociales cara a cara terminarían, sólo la tecnología permitió conservar algún tipo de contacto mediante el uso de redes sociales, mismas que se convirtieron en la plataforma idónea para socializar. Sin embargo, la fiesta no terminó, pues, pese a la alerta sanitaria, los eventos masivos y reuniones se siguieron llevando a cabo en la clandestinidad. De hecho, muchos negocios no esenciales y el comercio informal siguieron operando bajo la leyenda “seguiremos trabajando hasta que nos mate la COVID”.

Este aislamiento social trajo consigo las sensaciones de: pérdida de libertad, aburrimiento, incertidumbre, ansiedad y miedo. A esto se le agregaron una crisis económica y de desempleo, mismos que siguen afectando a miles. Estas situaciones han causado problemas de salud física y psicoemocional. Manifestándose por medio de enfermedades psicosomáticas como: gastritis, colitis nerviosa, insomnio y dermatitis, las cuales han aumentado significativamente como principales motivos de consulta general. Mientras trastornos como la depresión y la ansiedad afectan cada vez a más mexicanos. 

Fueron meses de una cuarentena y aislamiento, pero simulados. Solo hacia finales del mes de junio la Ciudad de México pasó de semáforo rojo a naranja. En principio, diversos espacios y establecimientos se abrieron con medidas de seguridad sanitaria: solo al 30% de su capacidad, sana distancia, uso de cubrebocas obligatorio, caretas y alcohol en gel, esto en un intento de reactivar la economía. Sin embargo, se sabe que seguimos en peligro: podemos enfermar, estar graves y morir. Pese a ello las personas se volvieron a reunir y saturaron tiendas, establecimientos, calles, centros turísticos y lugares de esparcimiento.

El claro ejemplo de ello se observa en las redes sociales a través de fotografías, videos, lives y posts de amigos, conocidos e influencers fuera de casa, sin uso de mascarillas, sin social distancing y publicitando a la Nueva Normalidad. Ahora las calles lucen abarrotadas de gente, también el comercio informal se ha adueñado de las calles de la Ciudad de México para la venta de artículos navideños. Es cada vez más común ver a familias completas, incluso aquellos que están dentro de la población de riesgo (niños, adultos mayores y mujeres embarazadas), conglomerados no sólo en el Zócalo, sino en tiendas departamentales, parques de diversiones, espectáculos en espacios cerrados, e incluso en fiestas completamente propicias para el contagio, como la de Palmas 810 en Lomas de Chapultepec. 

Al ver estas escenas surgen sentimientos encontrados. Por un lado, esta Nueva Normalidad ha llevado a darle importancia a la necesidad de un contacto social cara a cara, también que gracias a esas salidas (unas clandestinas y otras no) muchas personas pueden tener un sustento para sus familias, pues, bares, restaurantes, centros comerciales dependen de ello. Por otro lado, parecen personas sumamente irresponsables, egoístas y la pregunta es: con esas salidas, ¿cuántos contagios se generaron?, y peor todavía, ¿cuántas muertes llevan a cuestas? Pensar que detrás de cada imagen fuera de casa, en eventos, salidas o reuniones no esenciales se generan contagios, muertes, lutos e impactos emocionales de forma indirecta a ajenos. No debe de dejarse de lado que, en este país, tanto la acción directa como la omisión son punibles.

Sin embargo, hay que considerar que no es cuestión de solo unas cuantas personas inconscientes, consideramos que todas las personas nos hemos relajado en esta pandemia omnipresente. Quizá el no salir por un café a ver a los afectos cercanos, ni a centros comerciales para comprar regalos en esta temporada, pero quizá sí salir varias veces por la compra habitual, quizá nos permitimos ver más a nuestras familias que están lejos, sólo son breves momentos, que si bien, son acotados se alejan de ese resguardo domiciliario. 

A este escenario, que a veces se torna egoísta bajo el amparo del hartazgo y la necesidad de contacto cara a cara, se suman las personas que no creen en el virus. Las cuales consideran que el SARS-COV2 es un mito sustentados en la frase “¡Yo no conozco a nadie que haya tenido esa enfermedad!”. De hecho, el uso de cubrebocas paso a ser un accesorio que solamente se llega a utilizar para poder ingresar a un establecimiento, y cuando se solicita a las personas seguir las medidas de seguridad sanitaria para evitar contagios muchos de ellos han presentado conductas violentas. Al mismo tiempo es común escuchar “¡De algo nos tenemos que morir!”, frase con la que se justifica la falta de interés y empatía durante esta crisis sanitaria. Sin embargo, la opinión cambia cuando uno de esos contagios o defunciones lleva el nombre de un ser querido.

Además, por si esto fuera poco, la situación actual mexicana se enmarca con un presidente que no usa cubrebocas, minimiza las muertes y sostiene que el sistema de salud funciona; situación que muchas veces pareciere una idea onírica que colapsa ante la realidad de los centros hospitalarios. Se sabe desde hace décadas que el sistema de salud público es cada vez más precario, que no existe ni el personal ni los insumos necesarios para hacer frente a esta pandemia. Todos estamos consientes de que en este país muere gente por no tener los medicamentos ni los procesos médicos adecuados que aseguren una mejoría a su salud. Es una nación, con instituciones vulneradas, en la que el proyecto político en turno se preocupa por las repercusiones electorales y económicas sobre el verdadero bienestar físico de quienes juraron proteger. No es desconocido que tenemos un sistema sanitario colapsado aun antes de la pandemia y que cada día se desborda más. Por ello, para tratar de disminuir el panorama actual se han instalado Kioscos de salud para realizar pruebas masivas de detección de COVID-19, sin embargo, los esfuerzos aún son insuficientes.

Para el último mes del 2020 México carga sobre sus hombros más de un millón de contagios y más de 100 000 muertes por COVID-19, de las que al menos se tiene un registro.  Además de un servicio médico precario donde el personal médico, cansado y herido, está muriendo. A la par, miles de personas mueren solas sin poder decir adiós a sus seres queridos, mientras otros hacen filas afuera de los hospitales esperando atención médica. 

En suma, la actual pandemia apela a reflexionar sobre la vida, los actos y la existencia misma. Al estar por cerrarse el año 2020 se observa que todas las personas somos responsables. La ciudadanía por un egoísmo voraz. Los diferentes órdenes de gobierno por minimizar la situación real de la pandemia. El sector empresarial por su falta de empatía. Todos somos responsables por estar cada vez más cómodos en una Nueva Normalidad de muertes, egoísmo y negligencia.

Comentarios

  1. La última línea me hizo pensar en que la capacidad de adaptaciones es lo mejor y lo peor del ser humano.

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    Respuestas
    1. Sin duda los seres humanos vamos a priorizar nuestra existencia individual, sin embargo consideramos pensar que esa capacidad de adaptación a la que aludes puede permitirnos tener más empatía . Gracias por leernos y compartirnos tus reflexiones.

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