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EL PESO.

 ¿Gordofobia o salud física?

Ana Pomar, Margarita Romero y Marcos Galindo.

 

Normalmente uno de los propósitos de año nuevo es la pérdida de peso, ser una persona delgada, hacer dieta o hacer más ejercicio para lograr el cuerpo que queremos. Sin embargo, rara vez se cuestiona si ese ideal del cuerpo es saludable de manera integral. Y esto casi nunca se pone en duda ya que en la sociedad actual existe un enfoque centrado en el peso, mismo que se ve publicitado día con día en cualquier lugar: escaparates, redes sociales, revistas, televisión, espectaculares, todo. Por ello a continuación ofrecemos una reflexión sobre el tema desde diferentes puntos de vista: lo médico, la estigmatización y nuestras propias experiencias personales. Las cuales pueden parecer contrapuestos, pero que son parte de este proceso de deconstrucción personal y que invitamos a que sean repensados.

Desde el punto de vista médico se define la salud como un estado de bienestar físico, mental y social, no sólo la ausencia de enfermedades. Ésta es una meta que perseguimos desde la infancia y uno de los aspectos más importantes de la salud recae en el peso. Esta centralización se ve reforzada en las consultas de prevención, puesto que casi nunca se pregunta sobre factores ajenos, como la existencia previa de weight cycling, trastornos alimenticios, trastornos mentales o metabólicos, entre otros. Puesto que, por ejemplo, el weight cycling tiene repercusiones diversas y mayores que el peso como tal, teniendo un imparto a nivel cardiovascular. Es decir, el omitir estas condiciones resulta en una falta de integralidad libre de cualquier sesgo y cargado de prejuicios o estigmas.

Incluso la idea de relacionar peso y salud desde la óptica médica va más allá y se presenta en: la obesidad entendida como un trastorno metabólico crónico caracterizado por un proceso inflamatorio, misma que desencadena la disfunción endotelial. La obesidad favorece la presencia de enfermedades cardiovasculares, metabólicas, resistencia a la insulina, entre otras. Por estas situaciones, la obesidad se considera un problema de salud pública, sin embargo, hay otra cara de este problema que no se aborda: el estigma social y su impacto psicológico, pues, esto puede afectar la salud psicoemocional de los pacientes, generando baja autoestima, depresión y ansiedad.

En ese sentido, es necesario hacer notar que existe una diferencia importante entre adelgazar y mantener un peso saludable. La evidencia demuestra que la pérdida de peso representa efectos benéficos para nuestra salud: reduce el dolor de articulaciones y el desgaste de éstas, reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares y enfermedades crónicas; a nivel emocional, mejora el sueño, la autoestima y reduce significativamente los niveles de estrés. Sin embargo, la pérdida de peso se tiene que enfocar en mejorar las condiciones de salud y no en la apariencia física, ser delgado no es sinónimo de ser sano. Sin embargo, los estereotipos de belleza definen a la delgadez como imagen de salud plena.

Por ello es frecuente que algunas personas, en su afán por llegar a esos estándares de belleza, se sometan a dietas estrictas y nada saludables, poniendo en riesgo su salud. Además del uso de dietas milagro, las personas se someten a toda clase de tratamientos estéticos, consumos de medicamentos y suplementos para lograr adelgazar. 

Lo que se omite de la perdida súbita de peso es el impacto negativo sobre nuestros cuerpos, que incluyen descalcificación ósea, pérdida de masa muscular, anemia, alopecia, amenorrea, desórdenes alimenticios como anorexia y bulimia. El objetivo no debe ser buscar el cuerpo ideal, ya que no existe. Lo importante es buscar salud en todas las tallas, ya que una persona delgada puede ser una persona enferma, una persona de talla grande puede ser sana, todo consiste en el estilo de vida que llevemos, el cual no tiene que verse como un sacrificio o una situación de estrés.

Por ello, debería de ser menester del área médica el trabajar con un enfoque más allá del peso. Cabe señalar que el propósito no es cuestionar la verdad científica sobre la necesidad de erradicar la obesidad y el sobrepeso; se trata de reflexionar acerca de la gran influencia que los estereotipos, así como la necesidad por tener el cuerpo perfecto conforme a los estándares occidentales, ejercen sobre los mecanismos de reducción de tallas sobrantes, tanto en el ámbito personal como sanitario.

En este sentido, durante toda nuestra vida hemos estado bombardeados de información y publicidad en donde se asocia el peso ideal como un parámetro de salud. Esta preocupación por nuestra imagen y el tamaño de nuestro cuerpo está tan normalizada que es difícil rastrear en qué momento de nuestras vidas iniciamos con esta inquietud. Incluso pudo iniciar en la infancia, pues, en un mundo donde ser una persona gorda da miedo, la idea de la delgadez se persigue a veces desde edades muy tempranas. 

Quizá para algunos lectores y lectoras leer que “ser gordo da miedo” es una exageración o, por el contrario, una verdad lapidaría. Y, de hecho, el término gordofobia o fat-phobia existe, el cual se entiende como el miedo a la gordura propia o ajena. Particularmente, utilizábamos el termino sin saber toda la connotación y significado de éste y lo empleábamos en personas que se referían a las personas de talla grande como gordas y molestas. Hoy sabemos que la gordofobia es, en parte, resultado de la cultura de dietas. Y sí, lo están pensando bien, las dietas: ésas que siguieron para bajar unos kilos, ese “nuevo estilo de vida”, la dieta cetogénica, contar calorías o muchas otras más conforman una cultura y toda una industria de dieta. La cual consiste en que voluntariamente pasemos hambre y omitamos las necesidades de nuestros cuerpos

La cultura de las dietas va más allá y se arraiga en la idea de que es saludable siempre, bajo cualquier circunstancia, bajar de peso a cualquier costo y perseguir la delgadez. Cuando se han observado los efectos adversos como se explicó anteriormente. También en la cultura de dietas los cuerpos diversos quedan renegados ante la heteronorma del hombre esbelto y la mujer delgada, quedan sumergidos en la inexistencia por el marketing e, invalidados como bellos, quedan estigmatizados con el único propósito de ser erradicados al no considerarse estéticos.

En cambio, hoy proponemos que repensemos la cultura de dietas y el mito de la delgadez, porque sí, ser delgados o delgadas siempre es un mito. Somos personas con cuerpos diferentes: en forma, tamaño, tono, en todo somos diferentes y es absurdo perseguir una imagen corporal ajena. Esto tampoco implica romantizar la obesidad como muchas personas afirman, significa cuestionar una idea irreal de la delgadez y aceptarnos sin más, escuchar realmente a nuestro cuerpo, no a la cultura de dietas, tampoco a la industria fast food o la idea de que ser una persona gorda es horrible o es felicidad plena, esos también son mitos.

Se debe apreciar lo imperfecto, lo diverso, aceptarse de manera antropomórfica, detonar la estimación por nuestros “defectos”, apelar a la pluralidad de tallas que existen por la misma naturaleza plural de las complexiones que hay en cada ser humano, y, sobre todo, suprimir el ideal aspiracional por algo que jamás seremos. Somos personas sin importar el tamaño de nuestros cuerpos y, una forma de relacionarnos mejor con ellos, es realmente escucharlos, no presionarlos ni dejar de comer, o, por el contrario, comer en exceso por miedo a no volver a probar lo que las dietas marcan como prohibido.

Además, apelar a incluir imágenes corporales distintas en nuestras redes sociales y entorno. Saber que es posible la salud en todas las tallas. Incluso ver al ejercicio como un regalo de movimiento corporal y no de competencia. Saber que tenemos el privilegio de escucharnos y no seguir más dietas. Entender que no hay alimentos buenos o malos, todo eso forma parte de la cultura de las dietas y que proponemos cuestionar porque nos hace daño emocional, psicológico y también físico.

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