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Regreso a clases presenciales ¿Necesidad u obligación?




La pandemia vino a cambiar todo nuestro entorno y sin duda alguna todas las personas nos hemos visto afectadas por el encierro, hemos dejado nuestras actividades cotidianas, nuestros amistades, relaciones afectivas e incluso nuestras relaciones laborales las hemos modificado. Esto también cambió nuestra forma de aprender y la niñez fue especialmente afectada por esta situación. El contexto ha cambiado, pues hace unas semanas se dio el regreso a clases presenciales.

 

En medio de una tercera ola de contagios, con índices de contagios mucho más altos, a comparación del año pasado, y con una nueva variante, que afecta a los más jóvenes, el pasado 30 de agosto la mayoría del estudiantado en educación básica regresó a clases presenciales. La realidad es que el retorno a las aulas es un tema que para muchas personas fue un alivio y para otras un temor constante.


Para parte de la población estudiantil significó reencontrarse con sus compañeros y en cierta manera tratar de recuperar un poco de la normalidad que conocían antes de 2020, pero para los más pequeños significó conocer por primera vez una escuela, conocer a profesores y compañeros más allá de una pantalla.


Millones de niños y niñas regresaron a este nuevo esquema presencial, luego de más de un año de adaptarse al modelo Aprende en Casa ahora se van a enfrentar a un regreso parcial y escalonado, dos días a la semana con la mitad o una tercera parte de su grupo global en la que al fin podrán convivir con personas de su edad.


Pese a que la escuela brinda conocimientos, también brinda espacios de socialización con otras personas en nuestro mismo rango de edad. En la escuela hacemos amigos, conocemos personas, compartimos ideas, sentimientos y también nos frustramos, aprendemos a ser tolerantes y en edades tan cruciales como la infancia estas experiencias se vieron pausadas, en ese sentido el regreso a clases podría brindar suspiros de alivio al encierro prolongado. Sin embargo también es cierto que el miedo es constante, muchos padres y madres de familia temen por los posibles contagios de sus hijos e hijas.


El miedo a la enfermedad grave de Covid-19 es latente, si bien es cierto que se ha repetido que las complicaciones en menores son disminuidas, la realidad ha dicho que pueden morir y hoy la población más vulnerable son las personas menores de 18 años, pues no están vacunadas. Entonces ¿Por qué regresar?¿Por qué exponer a la población más vulnerable en la situación actual?


Los argumentos fueron la necesidad de estudiar mejor y que la escuela brindaba un espacio seguro frente a situaciones de violencia doméstica, realidad que no negamos y tristemente viven muchos niños y niñas, pero que sin duda solo acudir a la escuela no lo soluciona, solo saca momentáneamente a esos menores del peligro. A pesar de ello el regreso a clases es una realidad que viven millones de niños que van con miedo a la escuela, no solo el miedo y la emoción de un regreso a clases común, sino ahora con cubrebocas, con alcohol en gel, con sana distancia. Un regreso atípico y que está probando la resiliencia de la infancia mexicana tan poco escuchada, pero que sin duda da el ejemplo a estas nuevas situaciones y que solo el tiempo dirá que tantos costos sociales y de vida, tendrá este regreso.


Otro aspecto importante acerca del regreso a clases es la activación económica del país, ya que días previos al regreso a clases, los centros comerciales, papelerías, zapaterías y otros negocios observaron un importante incremento en sus clientes, para surtir la lista de útiles, el transporte público  también tuvo un aumento de usuarios.


Algunos en contra y otros tantos a favor, el regreso a clases es una realidad, y sobre todo un llamado a la sociedad de que aun estamos muy lejos de regresar a aquella normalidad que conocimos, se tienen que buscar nuevas estrategias para fortalecer la educación, y tomar todas las medidas de protección  contra COVID-19 ahora serán parte de nuestro día a día.


No se trata de estigmatizar o de considerar “buenos o malos” padres y madres. De lo que realmente se trata es apelar a un razonamiento de costo y beneficio por cada uno de los encargados de la educación y desarrollo psicoemocional de los menores, con el único afán de poder tomar la mejor decisión, siempre en favor del interés superior del menor.


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